De mí para ti

Querida personita que te has detenido a leer estas líneas: (Si has llegado hasta aquí voluntariamente, ya te considero oficialmente una persona de gran paciencia).

Últimamente estoy descubriendo que las capitales no son tan importantes.

Siempre he sido una persona de capitales. Entiéndase: alguien que pensaba que lo más importante de un territorio estaba en su centro. 

París tiene el Sena, la Torre Eiffel, el Louvre y los Campos Elíseos. Londres nos asombra con Westminster, los paseos por el Támesis y ese (para mí) horror de hierro que es el London Eye, aunque también nos insulta con eso que ellos llaman comida. Lisboa permite ver la ciudad a nuestros pies desde lo alto del Castillo de San Jorge. Praga tiene su reloj astronómico y una de las bibliotecas más bonitas del mundo. Budapest une lo viejo y lo nuevo de Europa a través del Danubio. Todo muy bonito… y todo muy capital y como debe ser. Ante todo, rectitud.

Con esa obsesión por las capitales, Bucarest estaba en mi radar. Lo que nunca imaginé es que, en lugar de enamorarme de donde se concentra el poder de Rumanía, acabaría enamorándome de una pequeña ciudad aún más al este llamada Turda. Allí descubrí castillos, montañas y bosques de Transilvania que, con el tiempo, se han convertido un poco en un segundo hogar.

Y la razón de todo eso tiene un nombre: Bianca.

Esta chica entra en mi vida y comienza una etapa en la que descubro el cariño, la compasión, el respeto y la paciencia. Pasa el tiempo y, de repente, me doy cuenta de que quiero pasar el resto de mi vida con ella. Ella, ingenua, me dice que también. Y como soy abogado, decidí dejar constancia documental de esa afirmación. Ja, pardilla.

Así que aquí estamos: organizando nuestra boda y pidiéndote que vengas a compartir con nosotros un día muy importante. Y, con suerte, también bastante divertido (más te vale colaborar en la diversión o te las verás conmigo).

Y por mi parte quiero explicarte por qué estás aquí, por qué has recibido esta invitación y por qué el tres de octubre estarás rodeado de la gente con la que lo estarás.

Tengo que empezar por la familia. La sangre. La consanguinidad, que diríamos en Derecho (siéntete afortunado de que no suelte un latincidio).

Mi familia (por si no lo sabes) es una familia normal. Estoy seguro de que tiene los mismos defectos y virtudes que la mayoría. Y precisamente por eso es la mejor. Porque cuando uno se pierde, siempre hay un grupo de personas donde apoyarse y pedir ayuda. Y que, además, recordarán durante décadas cualquier error que hayas cometido.

No los cambiaría por nada del mundo. Y me parece una locura que, después de verme crecer, equivocarme muchas veces y acertar alguna que otra, ahora vayan a verme casarme. Todavía no sé si lo viven con orgullo o con una ligera preocupación estadística.

Espero que en este tiempo os hayáis podido sentir orgullosos de mí. Yo solo puedo prometer que seguiré aprendiendo.

Pero esta parte de la familia también tiene una ausencia.

Hace once años mi padre se marchó de este mundo. Tenía más probabilidades matemáticas de que le tocara el cupón de la ONCE, pero él (que siempre fue de retos) decidió contraer una enfermedad estadísticamente casi imposible y se fue demasiado pronto. Tuvo huevos (literalmente) la cosa.

Pienso mucho en él. Y en estos días todavía más. Porque sé lo feliz que se habría puesto al verme casarme con Bianca y lo mucho que habría intentado ayudar en todo. Siempre me miraba con excelso orgullo.

A quienes no llegasteis a conocerle, lo siento por vosotros. Porque Quique, mi padre, fue una persona excepcional. Yo me conformo con ser una cuarta parte de lo que él fue. Y cada vez que alguien me dice que me parezco a él, no sabe el regalo que me está haciendo.

Soy cero espiritual, no te voy a engañar. Aunque haya estudiado letras, mi cabeza es bastante científica. Y eso me ha ayudado a sobrellevar su pérdida.

A mi padre le encantaba la ciencia, el cosmos y divulgadores como Carl Sagan.

¿Existe otra vida después de esta? Mi falta de fe dice que no. Pero Newton, Einstein o Neil deGrasse Tyson nos enseñaron algo muy importante: estamos hechos de energía. Y la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

Así que, gracias a esa transformación, estoy seguro de que él sigue en nosotros. Y especialmente en mí. Así que sí: está aquí (tampoco os pongáis a buscarle o a hacer ouijas, que estamos hablando metafóricamente).

Papá, ¿te acuerdas cuando mamá decía que no quería perros? Te caerías para atrás si vieras cómo está ahora la casa. Estoy seguro de que habrías sido un gran abuelo perruno. Probablemente también el único que habría conseguido educar a esos dos terroristas que son Abby y Cooper.

Quiero terminar esta parte dando las gracias a toda mi familia: primos, tíos, abuela y, por supuesto, mi madre. Porque, sinceramente… ¿con quién me pelearía yo si no fuera con ella? Siempre acaba apoyando cada decisión que tome.

Disfrutad mucho de vuestra familia también vosotros. El tiempo, nos guste o no, es finito.

Pasemos ahora a la familia política. Otro regalo que me ha traído Transilvania.

Un segundo núcleo en el que apoyarme. Y en el que, además, he descubierto comidas que jamás imaginé que probaría.

Reconforta saber que existe un segundo hogar. Para lo bueno y, sobre todo, para lo malo. Porque ampliar la familia siempre es una buena noticia. Y lo mejor de todo es que también tienen muchas virtudes… y bastantes defectos. Como debe ser. La perfección siempre genera desconfianza. Huid de ella. Como yo, que soy perfectamente imperfecto.

En mi vida también ha entrado alguien que ahora es mi hermana. Vale, no es de sangre, pero es mi hermana (tampoco os pongáis ahora muy pijoteros).

Nunca tuve hermanos, y no se me ocurre mejor persona con la que haber descubierto lo que significa tener uno. Y mira que esta niña puede ser desesperante a veces… pero es un trozo de pan y la quiero muchísimo. Lo cual, sospecho, es un rasgo familiar que compartimos. Espero que, estos pasos que estoy dando yo, se los vea dar a ella en el futuro.

Pasemos ahora al barrio.

El parque, el polideportivo, los cines… Yo no sé en qué mente retorcida cabe que hayan pasado más de veinte años desde aquellos recuerdos. Estoy convencido de que no somos tan mayores.

Porque allí había vecinos que se convirtieron en amigos, que a su vez conocían a otros amigos, y el grupo creció.

Creo sinceramente que todos somos bastante buena gente. Pero también es un pequeño milagro que hayamos conseguido madurar. O, al menos, que lo parezca. Porque (admitámoslo) también hemos sido bastante cafres. No os riais, que lo sabéis.

Y no voy a contar anécdotas. Las guardamos para nosotros (por si alguna todavía no ha prescrito).

Solo diré una cosa: ser entrenador de vuestro equipo de fútbol (yo, que odio el fútbol) ha sido la experiencia profesional más lamentable de mi vida. Nunca me he sentido tan humillado como en aquellas derrotas. Estoy convencido de que ostentamos algún récord negativo que jamás será roto. Si no existe, probablemente lo inventamos nosotros. Y aun así… qué época tan feliz.

Volvamos ahora a mi obsesión con las capitales. Porque hay otra ciudad que me cambió la vida.

Seguro que habéis oído hablar de Lisboa, Oporto, el Algarve o las Azores. Alguno quizá de Coímbra. Pero… ¿habéis oído hablar de Leiria? Exacto. Esa suele ser la reacción.

Si dices que no, estás en mi equipo. Si dices que sí, probablemente estés mintiendo.

Leiria es una pequeña ciudad entre Lisboa y Oporto. Bastante normalita. Tiene un castillo bonito y un centro histórico agradable, pero si no la buscas a propósito es fácil que te pase desapercibida.

Pues esa ciudad diminuta a mí me dio un giro de 180 grados.

Estaba a punto de irme de vacaciones cuando me dijeron que había sido seleccionado para tocar un concierto con otras mil personas en el estadio de fútbol de Leiria.

Tuve tres semanas (sin presión ninguna) para aprenderme veinte canciones mientras estaba de vacaciones. No sé cómo, pero salió. Y salió tan bien que allí conocí a un grupo de personas maravillosas. Más que amigos, familia.

Porque en Leiria un grupo de españoles parecía decidido a colonizar Portugal y anexionarlo culturalmente. Perdonadnos, hermanos portugueses. Os queremos mucho. Sobre todo, a vuestros pasteis de nata. Aunque seguimos pensando que podríamos organizaros mejor los horarios.

A partir de ahí han pasado muchas cosas.

No os hacéis una idea de lo que puede unir la música. Horas y horas de ensayo. Algún enfado. Cansancio. Insolaciones. Pero también una conexión muy difícil de explicar. No lo cambiaría por nada.

Y gracias a esa pequeña ciudad he descubierto otros lugares que tampoco son capitales: Cesena, Torino, Nueva Orleans… Yo en la ciudad del jazz. Una locura (y con una simple anécdota consistente en un policía amenazándome con spray de pimienta en el aeropuerto, cero armas de fuego).

Y que sepáis que el concierto que veréis el día de nuestra boda es, en gran parte, culpa de Leiria.

En este punto quiero detenerme en una persona concreta: el señor Jorge Campos Moral. Este hombre es nuestro nexo de unión.

Un loco maravilloso que, cuando duerme, en lugar de descansar, piensa en nuevos proyectos que nos arruinan los fines de semana y nos obligan a estudiar más música. Lo cual demuestra que la amistad verdadera también implica sufrimiento y odio al prójimo.

Jorge, podría maldecirte por el tiempo que nos robas. Pero sabes que te consideramos nuestro pastor. Brindamos por ti y por muchas más horas encima de escenarios.

Y al resto: más música. Mucha más.

También a ti, amigo de Bianca, que ahora formas parte de mi vida, quiero agradecerte que hayas entrado a formar parte de ella. Nunca sabrás si eres de los que me caes bien, mal o, simplemente regular. Mantengamos el misterio, que es lo que hace que esto sea mágico. Pero sois gente muy buena que quiere mucho a su amiga. Ya solo por ello, tenéis mis respetos.

Voy terminando, no quiero aburriros (más) demasiado. Escribo tanto que a veces pienso que debería escribir un libro. Oh, wait... (si ya tengo uno).

Pasemos al trabajo. Ese lugar donde me gano la vida. Porque necesito dinero para vivir. Que, si no… ya os digo yo que levantarme a las siete de la mañana no estaría entre mis hobbies. Ni siquiera entre mis cien hobbies favoritos.

Muchos sabéis que siempre digo que no soy abogado: soy laboralista. Es una diferencia que puede parecer pequeña, pero que a nosotros nos gusta recordar constantemente. Al igual que no soy músico, soy bajista y, gracias a cómo mis dedos se mueven a través del traste, consigo que bailes con ritmos graves, porque el guitarrista solo es un flipado que se pone a hacer armonías estúpidas y absurdas, y el cantante un megalómano. Y me siento muy orgulloso de todo ello. De nada.

He pasado por etapas distintas, por empresas grandes, pero he acabado en un sitio que, aunque pequeño en tamaño, es enorme en ambición y en personas.

Y es un lugar donde no temo acabar odiando mi profesión. Porque allí no me siento un número. Siento que lo que hago puede mejorar, aunque sea un poco, la vida de otras personas.

Quizá no pueda cambiar el mundo, es demasiado grande. Pero sí puedo ayudar a mejorar el mundo de algunos. Y con eso me conformo. Que ya es bastante más de lo que muchos consiguen.

Así que esta es, más o menos, la explicación de por qué estáis aquí.

Os invito a que el tres de octubre habléis entre vosotros. Estoy seguro de que descubriréis personas maravillosas. Y, si no, al menos descubriréis buenas historias. O ganaréis enemigos muy interesantes. Sea como sea, añadiréis azúcar, sal y pimienta a vuestra vida.

Quiero terminar diciendo que a veces me resulta un poco extraño casarme viendo cómo está el mundo.

Te acuestas sin saber qué pasará mañana: guerras, decisiones políticas absurdas, tragedias…

Pero quizá precisamente por eso tenga más sentido que nunca el casarnos. Celebrar que estamos vivos. Celebrar que podemos compartir momentos y construir nuevas historias.

Porque vivir es complicado, sí. A veces incluso absurdamente complicado. Pero también es maravilloso.

Y yo estoy empezando ahora, junto a Bianca, probablemente el capítulo más importante de mi vida.

Y recordad: El poder de la gente es más fuerte que la gente que tiene el poder.

Así que celebremos mientras podamos.

Os quiero.

Fdo. Héctor Párraga López

Colegiado 137.545 del ICAM (que nunca se sabe y uno tiene que comer y pagarse la boda)

©Derechos de autor. Todos los derechos reservados.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.