De mí para ti
Hace 20 años llegué a España sin imaginar todo lo que la vida tenía preparado para mí.
Recuerdo perfectamente aquel día en el instituto en el que no sabía ni cómo pedir un bolígrafo. Parece mentira lo lejos que queda ahora ese momento. La vida, con sus casualidades, me ha traído hasta aquí, rodeada de personas y momentos que jamás habría podido imaginar.
Hoy, mi vida está llena de amor… y de pelitos. Mis perros, Abby y Cooper, son una parte fundamental de mí. Son bilingües, claro, como no podía ser de otra forma, porque yo me encargo de enseñarles rumano. Así, si algún día necesitan pedir un bolígrafo o un pix, estarán preparados en dos idiomas.
Ellos llenan mis días de alegría y amor incondicional, igual que lo hacía Daisy, mi pequeña, mi pui, que siempre estará conmigo de otra manera. Solo mi Daisy podía haber venido a la boda de blanco. Estoy segura de que ahora nos observa desde el arcoíris de los perritos.
Pero si Abby y Cooper han llegado a mi vida, también es gracias a Héctor. Ese hombre que lleva una doble vida, a lo Hannah Montana: de día, abogado; de noche, bajista en la banda de rock más grande del mundo, Rockin’1000. Nunca habría imaginado que, por otra de esas casualidades de la vida, acabaríamos compartiendo camino.
Y es que la vida está llena de casualidades. Lo que hoy es mi casa, hace 20 años fue el lugar desde el que, en una excursión del instituto, nos dejaron volver por nuestra cuenta, sin contar con que yo ni siquiera sabía dónde estaba. Tuve que llamar a mi madre, horrorizada, para que me guiara de vuelta a casa porque, sí, Google Maps no existía. Por suerte, no estaba sola: estaba con Eymi y Zayde, que, como yo, acababan de llegar a España y estaban igual de perdidas.
Creo que nadie ha escuchado más bromas de vampiros que yo; ser de Transilvania es lo que tiene. Bueno, igual sí: mi hermana pequeña, Alina, puede ser la otra gran víctima del vampirismo en formato de humor caducado. Siempre he sido su mayor fan, desde sus chistes de “toc, toc, se abre el telón” hasta verla competir en sus carreras de natación y acompañarla en su graduación universitaria en Educación Infantil.
Nunca me imaginé una boda, ni casarme. Aun así, mi príncipe azul sí llegó, con una esmeralda, y me hizo soñar con una vida juntos llena de aventuras, risas y alegrías. Así que aquí estamos, todos preparándonos para lo de “comieron perdices y vivieron felices”. Bueno, lo de las perdices no tanto, por mi ornitofobia.
Hoy miro atrás y sonrío, porque todo, incluso los momentos más pequeños o inciertos, me ha traído hasta aquí.
Y ahora empieza nuestro siguiente capítulo hacia el "sí, quiero".


